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S.O.S, SE MUERE EL ECOSISTEMA
A principios de la
década de los ochenta, cuando cursaba el grado en la universidad
Autónoma de Santo Domingo, era uno de los becarios de la Lotería
Nacional, espacio que me había realizado un ser humano muy
noble, el profesor Humberto Vargas, en razón de que me habló de
un funcionario de esa Institución de apellido Rosario, que
confieso siempre lo había tenido en mi mente, pero los años a
veces nos roban la memoria.-
En ese ámbito se realizó
un operativo de reforestación, donde unos cinco autobuses
llenos de estudiantes de la UASD, nos integramos durante un fin
de semana a sembrar árboles en el entorno del monumento de
Capotillo en Loma de Cabrera. Tengo la certeza de que fue una
experiencia inolvidable. Quien encabezaba la delegación era el
sociólogo Dagoberto Tejada, aunque no fue mi primera experiencia
en ese aspecto, por la formación que recibí en el centro que
estudié la preparatoria, siempre me ha gustado ese tipo de
actividad.
Luego supe que entre
otras cosas para que una persona se sienta totalmente realizada
debía sembrar un árbol, después de ahí siempre que puedo siembro
algo y trato de no hacerle daño a la naturaleza, en ocasiones y
los que me rodean lo saben, no me gusta matar, siquiera un
mosquito cuando me pica. Son convicciones que tengo, creo
haber suscrito ese contrato social, que un teórico francés ha
enunciado de manera magistral.
Pienso que debemos
enseñar a nuestros hijos a por lo menos adoptar un árbol, que lo
siembre y se preocupe por su desarrollo, que de seguro no se va
a arrepentir.
Me decía un gran amigo,
Don Pedro Silverio, que nosotros no sembramos y encontramos que
por esa razón debíamos guardarle algo a las generaciones
futuras, para mi esa fue otra sentencia, sin desperdicios.
En tiempo pasado yo
hablaba con el licenciado Eladio Martínez, quien es el
encargado de la oficina de medio ambiente a los fines de
realizar algunos operativos de reforestación, pero no hemos
llegado a algún tipo de acuerdo, pienso que por falta de tiempo
de ambos.
En una sección del
Municipio de Imbert, llamada Cabía, en tiempo atrás conversaba
con sus moradores a los fines de que en la ribera de sus ríos y
cañadas se pudieran sembrar plantas que protejan sus cauces y
por vía de consecuencia, preserve la vida humana, en razón que
la naturaleza siempre reclama sus espacios, de formas y maneras
radicales, una muestra de eso lo constituye la funesta
experiencia de Jimaní.
Hay que hacer algo por
la naturaleza que es hacerlo por nosotros mismos, si damos un
poco de nosotros el mundo será menos hostil.
Me permito parafrasear a
Facundo Cabral, ese filosofo social, cuando escribió, que “si
los malos supieran el buen negocio que es ser bueno fueran
buenos aunque sea por negocio.”
Esto es un alerta cuando
sucedió el terremoto en Puerto Plata, los centros religiosos se
abarrotaron, pienso que la medicina preventiva es más saludable
e inteligente que la curativa, evitemos seguir haciendo daño al
ecosistema.
Nos gastamos una rica
normativa de medio ambiente, pero los infractores se las
arreglan para violar y burla la misma, sin problemas mayores.
Hay que ponerles un freno a esas violaciones, por el bien de
todos, toda vez que solamente el bien común nos puede preservar
y garantizar el bienestar individual.-
No puedo concluir estas reflexiones sin
decir a modo de conclusión final, que hace necesario, por no
decir imprescindible, que se construya una filosofía de vida
matizada y permeada por valores y principios que nos permitan
construir un mundo menos malo que el que nos encontramos
habitando.
*El autor es Juez miembro de la Cámara Civil y
Comercial, de la Corte de Apelación, del Departamento Judicial de
Santiago.-
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