Opinión

 

EL TURISMO EN SAMANÁ

Por: Roberto Rodríguez-Marchena
Lunes 02 de Marzo de 2009

 

Tenía tiempo que no iba a Samaná en plan turista. Me refiero al pueblo. Un delicioso día y el antojo de comer algo preparado con coco pudieron más que la pereza de quedarse en casa. Nada de ir a ver ballenas jorobadas.

La nueva carretera, a pesar del precio, es un estímulo para desplazarse hacia esa zona del país, no sólo por el ahorro de tiempo, sino por la calidad de la vía, que permite disfrutar el recorrido y el paisaje. Da gusto.

El mal rato se inicia tan pronto termina la nueva carretera y hay que doblar hacia la derecha. Ese tramo hasta la entrada al pueblo de Samaná es un verdadero calvario con hoyos por doquier. Un descuido incalificable.

La entrada al pueblo no puede ser peor. Un tapón bajando una cuesta interminable de una vía literalmente destrozada. Un desastre.

Hace seis meses que el entonces recién designado secretario de Turismo prometió que esa carretera, la entrada y calles de Las Terrenas y de Samaná serían acondicionadas por Obras Públicas, como parte del Plan Nacional de Asfaltado o algo parecido.

Samaná, muy lindo como siempre, ahora mejor con las casitas coloridas de un centro comercial, con su pegotico de viviendas encaramadas mirando al mar, inundado de autobuses, turistas extranjeros y criollos y de su propia gente, muy alegre, en carnaval. Botecitos, catamaranes, dispuestos al paseo a Cayo Levantado y al contacto con las ballenas jorobadas que bajan desde enero hasta marzo a aparearse, parir, pasear por aguas cálidas, digamos, a divertirse también.

El contraste es la falta de atención y organización para recibir a los convocados. Llegados allí no pudimos escapar al embrujo de lanzarnos al mar. La comida con coco, negociada, aplazada, quedó para después, al regreso.

Contratar una plaza en una de las embarcaciones es una afanosa tarea de negociación que puede costar 700, 800, 1,200, 1,600 pesos por persona si es dominicano o 45 o 58 dólares si es extranjero por la presencia de buscones y del desorden. Abordar se hace en cualquier momento, la partida debe esperar que la embarcación se complete de pasajeros.

Sería recomendable que el ayuntamiento, con la asesoría de Turismo, instale una caseta oficial a la entrada del muelle en la que figuren precios y horas de salida fijos, entregue comprobantes de pago (tickets) marcados con la hora de abordaje y salida. Estos tickets, recibidos por los dueños de las embarcaciones, les permitiría cobrar al finalizar la jornada.

Igualmente deseable sería que ambas instituciones dispongan de información en formato brochure, DVD o libro, tarjetas postales y suvenires de los atractivos de Samaná para ser ofrecidos en puestecitos cerca de la entrada al muelle. (Pregunté y supe que  los viajes organizados por las turoperadoras en autobús desde Santo Domingo tampoco ofrecen información a los viajeros sobre el lugar y las cosas que van a ver y disfrutar en Samaná). Ya en las embarcaciones, algún guía podría ofrecer información en varios idiomas.

Ver las ballenas con sus ballenatos es un hermoso y tierno espectáculo pero, tal como han comentados otros, pude comprobar un cierto asedio curioso que, dirán los biólogos, podría llegar a importunarlas.

Finalmente, la razón del viaje pudo consumarse cerca de las seis de la tarde en el Bambú, un restorancito en el malecón sin grandes pretensiones, con una deliciosa colirrubia y lambí a la criolla en salsas a base de coco. Tarde, tardísimo, pero complacido.

Lo que lamento, como dije,  es la poca gerencia estatal y municipal que desaprovecha el entusiasmo del turista para elevar la calidad de la estadía y desperdicia la oportunidad de seducirlo a que repita, que vuelva a visitarnos.

 
Publicado con autorización expresa de los autores. www.perspectivaciudadana.com
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