Opinión
 

LA VIOLENCIA IRANÍ

Por: Rafael Sánchez Cárdenas
Viernes 26 Junio  de 2009

Para unos, la continuidad presidencial a la que asistimos hoy, como moda milanesa, es  asunto legitimado en las votaciones de los ciudadanos. Y cuento acabado. Soslayan, a propósito, dos condiciones: la primera, que la voluntad expresada en el voto es sujeta de manipulación y condicionamiento, con los mismos métodos con que la publicidad y el marketing inciden en el consumo de mercaderías y segundo, que el poder detentado otorga ventajas que son insuperables allí donde la institucionalidad es débil o ausente.

El voto directo del ciudadano es una conquista política de primer orden e imprescindible para la vida democrática de las naciones. Pero es claro que su ejercicio está lleno de condicionalidades cada vez más preocupantes. Y me refiero, esencialmente, a los países del tercer mundo, subdesarrollados o del sur. Como prefieran.

Allí el desarrollo humano es extraordinariamente débil, famélico. Y es justamente en esas condiciones, que no es otra cosa que el mundo de las necesidades primarias, cuando las técnicas del mercado y la fuerza del poder, mezcladas, logran sus propósitos. Y el poder aludido no es solo el estatal. Es también la fuerza del dinero corporativo o privado lanzado a convencer o a seducir. 

¿Qué ha ocurrido en Irán para que unas elecciones ganadas por el presidente Ahmadineyad, con más de once millones de votos de diferencia con el candidato opositor, sean cuestionadas con tanta intensidad y masividad?

El propio consejo electoral ha admitido irregularidades que afectan a más de tres millones de votantes, es decir, más de un 27% de la declarada diferencia de votos entre los candidatos. Y las evidencias parecen crecer.

El apoyo al Presidente es bastante fuerte y mayoritario en las zonas rurales y remotas del Irán. Apoyo que disminuye en  la medida en que se acerca a las zonas urbanas y modernas del país en donde la creciente clase media nacional, cada vez más empoderada por sus mejores ingresos y su educación, reclama cambios en el sistema teocrático y conservador de gobierno, que discrimina enormemente a las mujeres y aplica métodos truculentos como la lapidación y el corte de manos.

Las revueltas postelectorales en Irán apuntan a la emergencia de una alianza de clases proclives a las reformas políticas y legales modernizantes, que se afianzan en su cuestionamiento al regimen de los Ayatolahs, divididos en su liderazgo entre Ali Jamenei (aliado de Ahmadinejad) y el expresidentes Rafsanyani que apoya a Musavi.

La reelección presidencial ha sido el desencadenante de la violencia y la crisis de legitimidad que arropa al gobierno de Ahmadineyad. Musaví, el líder opositor, forma parte de la casta del poder de la revolución iraní, por lo cual difícilmente le podamos ver en la profundización de las revueltas, que deberán esperar por otra coyuntura política que permita el cambio democrático desde el poder.

Ojalá podamos contar en el futuro con detalles de las maniobras estatales del grupo del presidente Ahmadineyad durante el proceso electoral, que las condiciones de sociedad muy cerrada de Irán han impedido conocer. Allá, como por estos lados, la continuidad presidencial es símbolo controversial de democracia.

 
Publicado con autorización expresa de los autores. www.perspectivaciudadana.com
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