Opinión
 

OPINIÓN PÚBLICA Y DEMOCRACIA

Por: Rafael Sánchez Cárdenas
Viernes 29 de Mayo de 2009

En la sociedad moderna el ejercicio de la opinión es derecho y deber del ciudadano. Y estos derechos y deberes han ido creciendo en la medida en que las sociedades se han ido desprendiendo de los controles y restricciones heredados de un pasado autoritario.

La modernidad nos ha traído la conversión del individuo, del ser humano, en ciudadano.  El derecho a opinar, libremente, ha pasado a ser un corolario del estado de derecho. Pero este derecho de opinión, tan exaltado a veces, esconde en sus entresijos intereses y limitaciones enormes para el ejercicio real del pensar y opinar ciudadanos.

La llamada opinión publica, ese campo de juego abierto a la confrontación y debate en busca de entendimiento o control, si bien es un magnifico espacio para contrastar las ideas, no menos cierto es que la misma esta reservada a la expresión de los núcleos intelectuales, económicos y políticos, que han hecho de esta un casino permanente y dinámico de apuestas por los intereses de cada quien. El fruto de este juego suele ser la fuente de las percepciones y opiniones que la gente se forma sobre cada tema de debate.

La conformación de esta opinión del ciudadano guarda una estrecha relación con su nivel educativo, la calidad de la información recibida y las posibilidades de socialización de la misma. Y es ahí donde podemos encontrar las fronteras de la llamada libertad de opinión.

En sociedades con marcado atraso educativo y desigualdades sociales  profundas, como la nuestra, el ejercicio de la democracia política es definitivamente débil y fácil presa de la manipulación mediática.

La llamada opinión pública es en primer lugar opinión mediática. Es decir, es una opinión producida  mediante el recogimiento de los criterios de los poderes centrales de la sociedad a las cuales se le  atribuyen relevancia, noticiosidad y significado para ser servidos al conocimiento público. El poder sobre los medios de comunicación ofrece el filtro decisivo en la modelación de la opinión pública. Y una ciudadanía construida en la precariedad y la exclusión difícilmente pueda alcanzar el empoderamiento necesario para mediante su opinión ejercer control sobre el poder político y económico.

Es justamente en ese contexto donde el partido político y la organización de la sociedad civil adquieren relevancia estratégica para el ejercicio democrático.

La organización civil y los partidos políticos, en tanto estructuras que reúnen intelectuales, técnicos y ciudadanos en general, son las instituciones a las cuales la sociedad en su conjunto deberá defender como recursos imprescindibles para el desarrollo democrático. La democracia dominicana sin partidos fuertes y sin sociedad civil organizada solo ofrece un panorama berlusconiano. Una corporación mediática y un héroe político capaz de conmover al ciudadano-espectador con las mejores técnicas del marketing político.

Frente al poder de la opinión mediática las sociedades de la precariedad deberían apostar por la institucionalidad y la contención del papel de los individuos sobre las instituciones políticas y civiles.

 
Publicado con autorización expresa de los autores. www.perspectivaciudadana.com
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