Opinión
 

PUERTO PLATA; DE AYER, DE HOY Y DE SIEMPRE

Por: Nélsida Marmolejos
Jueves 01 de Octubre de2009

El pasado mes de septiembre tuve el privilegio de ser invitada por la Tesorería de la Seguridad Social a la inauguración de su oficina, en la ciudad de Puerto Plata, ubicada en la calle San Felipe casi esquina Duarte, de esa ciudad.

Llegar a esa calle me trajo recuerdos agradables, más aún, al escuchar el discurso pronunciado por el doctor Max Puig, secretario de Estado de Trabajo y un  distinguido hijo de esa novia del Atlántico, quien inició haciendo una remembranza sobre uno de los primeros carros llegados a Puerto Plata, cuyo primer dueño era Don  Emilio Puyáns y recordar que hacía mucho tiempo cuando iba a la casa de Don Tobías Castellanos y Doña Tete Ruano, siempre veía en la Federación de Sindicatos (Duarte #38) a quien suscribe estas notas.

Estaba a mi lado en ese momento mi compañero y amigo Antonio Espinal, dirigente del Sindicato Portuario de la época, (1968/69) y del Sidecarzop, quien al oír la alusión, se identificó  igual que yo con el discurso, recordando los viejos tiempos de lucha reprimida en esa sagrada calle que albergó los anhelos de bienestar  de la población portuaria.

Sueños inconclusos de los carreteros que llevaban el café y el cacao al puerto, de los almacenadores, los estibadores en el muelle, del sindicato de marinos mercantes, de la Federación de Sindicatos Cristianos de Puerto Plata (Fersicripp), que sirvió de albergue a otros cientos de trabajadores, como los de la fábrica de Fósforos, de los ingenios Montellano y Amistad, de los Productos Sosua, de los Ordeñadores de Sosúa, de la Compañía  Constructora Elmhurst que construía la autopista Puerto Plata / Santiago por Navarrete, en fin, de muchos trabajadores organizados  en sindicatos, para defender su derecho a vivir en un país con  justicia social y equidad.

Recordé la marcha portuaria del 31 de marzo de l969 cuando fuimos ametrallados al demandar  que no se cambiara el sistema de pago a los trabajadores portuarios, aumento  general de salarios, disminución del costo de la vida y por la mejoría del Seguro Social, que ni era seguro ni era social  y cayeron abatidos a balazo  tres compañeros  portuarios y decenas fueron heridos.

De esa generación es mi querido compañero, amigo y compadre Pablo Castillo, Pablito, para sus compañeros, con quien inicié mi carrera sindical y a quien al igual que a Ramón Ramírez, al  inolvidable Roque Jacinto Gómez, (Chinto),  a Guicho políné y a Felipe Santiago Henríquez, (Chaco) les agradezco el haberse convertido en celosos guardianes de mi integridad y prohijadores de mi carrera sindical.

Ese  día acudieron a mi mente decenas de rostros, unos  jóvenes y alegres, otros cansados  y envejecidos a destiempo por el trabajo agotador y mal pagado, pero con el mismo entusiasmo  o cuidado si más que los que   primeros.

Por la calle San Felipe y frente a mis ojos, pasaron ese día, Don Evelio y Piro de la fábrica de fósforos, Julio de la Cruz,  del sindicato de Almacenadores,  Wenceslao (Benchy), y Amable  del sindicato de cargadores y descargadores, (Sidecarzop), al que siempre ha pertenecido mi compadre Pablo, Viruliña, del Sindicato de Marinos Mercantes, Narciso del Sindicato de Sosúa, Aquiles, del sindicato del ingenio amistad, Guicho y Chaco de Montellano, Don Epifanio Díaz  junto a Rafael del Sindicato de Carpinteros.

El señor Gil (Espejuelitos), del sindicato de la Elmhurst, Don Pedro Ruiz del Sindicato de Ordeñadores, en fin, decenas y cientos de compañeros  que según los veía pasar en mi imaginación, me hacen  bendecir cada vez con más entusiasmo la dicha que nos ha tocado al compartir momentos estelares de nuestras vidas junto a ellos.

 

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