Opinión
 

PUROS DE CORAZÓN

Por: Américo Valenzuela
Miércoles 09 de Agosto de 2009

No me refiero a lo sensual ni a lo sexual.
Tampoco he osado referirme a la atracción.
Hablar sobre los sentimientos no es razón para confundirlos con los placeres.

Ni mucho menos con el gusto entre parejas.
El amor sin asumir rasgos de rigidez no es vehemencia, aunque puede y debe ser  tolerante pero ha de saber corregir a tiempo.

El amor no es una debilidad sino una gran fortaleza. Ni mucho menos me refiero a la pasión como sentimiento que ata  y encadena el alma. Yo hablo de volver a ser como Niños a pesar de nuestras edades.

Porque es una manera de retornar a la edad de la Inocencia.

Y tomar así agua fresca de nuestras propias fuentes. Ser como Niños es la medicina contra todas las enfermedades modernas y antiguas.

Porque actuar como niño deja atrás la sed de venganza y las respuestas compulsivas. Y hasta las exigencias más sentidas.

Es una manera de dejar atrás la pesada carga que nos ha colocado este tipo de vida social que todos llevamos.

Ser como Niños es volver a nacer a la Verdad Espiritual. Ser como Niño es retomar las blancas vestiduras de la pureza de la vida dejando atrás los agravios que engendra este tipo de sociedad, y este modelo de civilización.

Porque ser como Niños nos trae nueva vez el sentimiento de la gratitud. Bajo las condiciones de humildad y hasta en la extrema pobreza el sentimiento del amor emerge y se destaca con mayor nitidez y mejor pureza.

Allí el amor resplandece con mayor fulgor y alegría.
Porque ahí el amor se expresa en hechos y realizaciones. Es el amor con sus facetas una práctica cotidiana que se ejecuta sin miramientos en medio del conglomerado familiar y social emergente.
Mucha gente para sobrevivir y para permitir que otros sobrevivan se ven compelidas a compartir el pan y las esperanzas. Y toda esa mágica actuación se hace posible gracias al amor.

Porque además es gratificante sentir amor por los demás, como una brisa fresca. Es gratificante como un premio de lotería saber que nos aman y sentir y saber que amamos.
Entre los humildes hasta los sufrimientos se comparten, el dolor, y el fracaso.

Pero ser humilde no significa caer en la miseria sino mantener el equilibrio y la prudencia.
Porque la tierra ha sido creada para la belleza, el bienestar y las abundancias.
Así que no debemos permitir salir de esa condición para ahorrarnos sinsabores.

Y compartir la pena es una expresión de solidaridad y hermandad generada por el amor.
Pero las penas las comparte tanto el rico como el pobre.

Y ambas condiciones exigen humildad.
Aquel que es humilde de corazón lo tiene todo para expresar el amor sin importar su condición social y económica.

Incluso sin títulos académicos ni libros que lo enseñen, ya que el amor nace y se practica y no se enseña ni se hereda.
Compartir las penas solo es posible cuando nos identificamos con los demás y les amamos.
Y cuando sabemos y sentimos que los demás nos aman.

Todo aquel sentimiento que nos impide ser indiferentes ante las causas nobles es una expresión del amor, del Cristo que todos llevamos dentro y que se deja exponer hacia afuera.

El amor bajo las condiciones de la vida de los humildes expone mayores rasgos de expresión de cualidades.
El amor que brota del corazón simple y puro se cristaliza como el pensamiento de los poderosos creadores.

Como una perla de inestimable valor de torna el amor cuando emerge perfecto.
Y entonces esa fuerza es capaz de movilizar voluntades y motivar actitudes.

Me refiero a las múltiples facetas de expresión del amor como son la la caridad,  la misericordia, el perdón,  la solidaridad y el compartir.
Vivir con pureza en el corazón es ver la mujer sin lascivias.

El calor humano es de mayor sensibilidad entre los humildes y sufridos del mundo independientemente de su condición social.
Pero un potentado sufre tanto las cosas de la vida como uno que este en la miseria.

Cada uno bajo las condiciones y circunstancias en que vive y para las cuales respira.
Ser puro de corazón es tener mejores intenciones.
No es igual un hombre humilde con pocos sentimientos, a un hombre rico lleno de esas virtudes.

Tampoco es igual un rico indiferente y egoísta que un pobre dotado de buenos sentimientos.
Ahí la riqueza debe ser establecida en su justo lugar, porque el amor supera todo.
Como tampoco el humilde que pierde la sensibilidad puede igualarse con otro humilde que no deja su condición amorosa y solidaria.

Los humildes de la tierra no aprendieron a ocultar sus lágrimas. Y no necesitan ocultarlas.
Amar sin fronteras nos hace inocentes, nos torna Niños. Y ser como Niños es la razón de Dios dentro de nosotros.

Porque siendo como Niños nos perdonamos nosotros mismos nuestros pecados y nuestros errores.
Si el Juez descubriera el Nino que mora en nosotros nos dejaría siempre en libertad por la inocencia y el espíritu de humildad.

Ser como Niño es permanecer en la eterna primavera renovándonos.
Porque siendo Niño encontramos una manera de evitar que aniden los resquemores con sus agravios,  y podemos dedicar horas para el bien común y el propósito de la vida.

El indígena de nuestra isla no usaba el tipo de vestiduras que trajo el hombre de Europa.
Ni el algodón bordado a manos que vestía el otro indígena de Las Américas.
El era un humilde mas, estaba desnudo de malicias, era como el Inocente Niño, aquel que nada tenía por ocultar.
Y como humilde, el Aborigen Taino no temía se le viera el alma, era limpio de corazón, puro de propósitos, noble de sentimientos.
Incluso las viviendas de nuestros aborígenes no contemplaban puertas. El ego estaba muy reducido.
Digo el ego al referirme al bien individual por encima del propósito colectivo o comunitario.
Nadie de quien cuidarse y nada para guarecer. O para no compartir.

Si el Universo ha realizado la siembra de la vida en esta Tierra en aras de utilizar los sentimientos generados por el amor como energía útil  capaz de echar hacia adelante el carro de la evolución, en América ha encontrado una cantera importante e inagotable de buenos sentimientos.

Estos son verdaderas perlas resplandecientes.
Esa cantera de sentimientos en el Jardín llamado América es nuestra humanidad.
Eso que nos diferencia de la etapa animal y del reino vegetal.

El ser humano con sus múltiples cualidades y virtudes viene a poblar esta tierra sagrada para vivir en amor y por amor independientemente de las condiciones sociales, políticas y económicas.
Aquí aun permanecemos desnudos, con el corazón abierto, las chozas con todas las puertas abiertas hacia la gran luz.

La raza de los humildes de corazón es como un salto hidráulico de caudal indetenible en los mejores sentimientos.

Aquellos que no tenemos mayores pretensiones que vivir por amor y permitir el cumplimiento de la voluntad de Dios somos parte de este proceso y de este Plan Sagrado que impulsan, vigilan, corrigen y evalúan las Jerarquías.

El hombre del mundo es un cristal forjado al calor de los sentimientos.
Estos que brotan a borbotones y de manera límpida y natural, a raudales.

Tanto en felicidad como en desesperanzas. Ambas vías están cargadas de amor y de fe.
Los 24 Ancianos del Trono de la Gran Luz afirmaron que, “en el Jardín del Padre, vosotros (los seres humanos) sois las rosas”.

Este Jardín del Padre es América, un inmenso jardín que Dios había observado cuando hizo el Edén. 
Ya nos había visto. Y tomado en cuenta esas manifestaciones de amor y solidaridad que vengo refiriendo, de alegría y elegancia.

En este Jardín los potros no necesitaron cadenas sino, solo agua y praderas para marchar sobre los arcoíris y las auroras.
Y las siembras han sido libres para el hambriento que busca pan y vino. Un oasis de frutos y palmeras..

Los de Puros Corazones existimos sobre la Tierra.
Una Joven Mujer vestida de sol.
Un parto de la Madre Tierra.

 

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