Hay noticias que no solo informan: quiebran. No se leen con la razón, se sienten en el pecho. Nos sacan del cauce cotidiano y nos obligan a detenernos frente a una realidad que duele demasiado. El caso de la niña Brianna Genao González es una de esas noticias que no pasan, que no se superan, que se quedan clavadas en la conciencia colectiva de un país.
Según informaciones preliminares ofrecidas por investigadores de la Policía Nacional,
un familiar cercano habría confesado haber abusado sexualmente de la menor y haberle quitado la vida. Pero hay un hecho que profundiza el horror y vuelve el dolor casi insoportable: la niña no aparece. Dice no saber dónde está su cuerpo. No hay un lugar donde llorarla. No hay un adiós posible. Solo una ausencia que pesa, que duele, que transforma.
Esto nos descarrila como sociedad. Porque lo último que esperamos es que un niño esté en peligro dentro de su propia familia, ese espacio que debería ser sinónimo de refugio, cuidado y protección. Pero tampoco fuera de ella. Un niño no debería estar en riesgo en ningún lugar.
Nunca. Cuando eso ocurre, algo esencial se rompe en todos nosotros. Pensar en esa niña de apenas tres años duele de una manera que no admite palabras fáciles. En su mundo no existía el peligro. No sabía defenderse ni comprender lo que estaba ocurriendo. En su mente inocente, probablemente solo había confusión, miedo, la necesidad instintiva de protección. Tal vez buscó una mirada conocida, un gesto de auxilio, sin entender por qué el adulto que debía cuidarla se convertía en amenaza. Imaginar ese instante es desgarrador, porque un niño no tiene herramientas para entender la crueldad.
Los niños viven desde la confianza. Creen que los adultos son refugio. Por eso el daño es tan profundo. Porque no solo se les hiere el cuerpo: se les quiebra la idea de un mundo seguro. Y cuando eso ocurre, no solo pierde el niño; perdemos todos como sociedad. ¿Cómo es posible que un adulto mire a una niña con ojos que no sean de ternura? ¿Cómo se cruza esa frontera donde lo sagrado deja de ser intocable? No cabe en la mente. No tiene explicación humana. Pensarlo es insoportable.
Los niños son inocentes de una forma que conmueve. Se molestan por instantes y, minutos después, ya están riendo otra vez. Dicen cosas que nos hacen sonreír, preguntas ingenuas que nos recuerdan cómo era mirar el mundo sin malicia. Son grandes maestros sin saberlo. Y por eso duele tanto: porque alguien decidió romper ese mundo limpio que habitan.
Este caso no solo exige justicia; exige conciencia. Nos obliga a mirar alrededor, a cuidar más, a preguntar más, a no dar nada por sentado. Nos empuja a hablar con nuestros hijos, sobrinos, nietos. A creerles. A protegerlos incluso de quienes creemos cercanos. Porque el silencio, la indiferencia y la negación también hacen daño.
Sí, queremos leyes más fuertes. Sí, exigimos castigos ejemplares. Pero hay una verdad que va más allá de cualquier código penal: hay cosas que nunca deberían suceder. Ninguna sentencia devuelve una vida. Ninguna investigación devuelve la inocencia perdida. Y ninguna explicación calma el dolor de no saber dónde está una niña.
Hoy estamos dolidos. Profundamente dolidos. Como país. Como adultos responsables. Como seres humanos. Este dolor debe transformarse en conciencia, en vigilancia, en cuidado extremo.
Los niños no se tocan. Las niñas no se tocan. No se usan. No se dañan. No se miran con deseo. Son sagrados. Son intocables.
Porque cuando alguien se atreve a tocar lo que jamás debió tocar, algo de todos nosotros también se rompe. Y ese dolor, hoy, nos pertenece a todos.