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LA SEMANA SANTA ERA UNA FECHA SAGRADA

Ultima Actualización: jueves, 25 de marzo de 2021. Por: Rafael Hernandez

Por: Rafael Hernández

Yo soy un hombre a la antigua. Me tocó la época cuando la llamada Semana Santa que rememora la vida, pasión y muerte de Jesucristo era una época de Reflexión y auténtica religiosidad. Era por lo tanto una época de descanso y espiritualidad. La familia hacía un recogimiento, no una expansión.

 

En aquellos tiempos, desde el lunes ya las escasas radioemisoras que había en el país estaban apagadas o transmitían música instrumental bastante suave o música sacara, como era el caso de la emisora oficial La Voz Dominicana, con sus Requiens, Aleluyas, Misas y toda una gama de música y cantos gregorianos y de los grandes maestros medievales, modernos y contemporáneos. Ahí fue que me di cuenta temprano que aquello era una música para deleitar el espíritu y estimular el cerebro positivamente. Y esos coros me fascinaban tanto que quise ser un corista. Desde entonces reconozco el valor del silencio, y creo eran los días más felices del año.

 

Como siempre se trabajaba lunes martes y miércoles, pero era como si el mundo se hubiera mudado. Muy poca gente salía a las calles o a comprar a la pulpería o colmado. Sin embargo, el mercado se veía como nunca, ya que el período cuaresmal era tradicionalmente en de mayor producción de verduras y hortalizas. Recuerdo que en mi casa desgranábamos un saco de guandules, habas, y habichuelas verdes. Se comía ensalada todos los días, y alguno de esos días la carne se sustituía por un guiso de huevos con bacalao y muchos tomaticos. También se guisaban Tayotas y berenjenas asadas sobre brasas. El viernes era día de pescado y mucha ensalada.

 

El dulce de la época desde el miércoles de Cenizas, viernes de Dolores, viernes Santo y no recuerdo qué otro día ere el de las habichuelas. Tradicionalmente era una celebración por la buena cosecha, ya que era el período de cosechar las que se sembraron en San Andrés, ya secas. Se cocinaban en abundancia, porque eran días de compartir con el vecindario. Como la licuadora todavía no se había masificado, utilizaban el molinillo de alambres para despejar las cáscaras y saliera una buena crema. No me gustaban las batatas, pero sí las galletitas de leche, aunque no era muy adicto a ellas, la ricura como la cocinaba mi madre me motivaba a comer un poco. Luego dejé de comerlas definitivamente.

 

Sin embargo, había un entretenimiento al que nunca renunciábamos. Las brisas eran únicas y especiales para volar chichiguas. Las chichiguas simples las elaborábamos con un armazón de varillas o nervaduras de las hojas de pencas de coco. Las más complejas y grandes, llamadas “pájaros” con pendones de la floración de la yerba caña brava y esos había que volarlos con gangorra para que no se rompieran con la presión del viento y los muchachos no nos las cogieran de “pillaje”. Pillar chichiguas ajenas cuando se rompía el hilo o se enredaba en algunas ramas, era la manera más económica de poseer una. El otro artefacto volador ere el llamado “cajón” que era un paralelepípedo abierto en los dos extremos, con muchos abejones en las cuatro aristas. El abejón era una hoja alargada pegada doble para que el hilo sirviera de eje y al vibrar con la brisa emitían un sonido muy similar al de los insectos llamados abejones. No todo el mundo sabía hacer los cajones. Pero siempre había un personaje cuyo pájaro enorme de hasta 8 pies y más de alto por 5 a 6 de ancho, era volado como el gran espectáculo del día. Había que utilizar sogas de cabuyas para volarlos y ponerse guantes para evitar la quemadura de la soga cuando había que “flojarle” soga para su elevación cuando venía la brisa fuerte. Y la verdad que quienes no volaron chichigua, no vivieron una niñez feliz. También uno doblaba una hoja de papel diametralmente y hacía un “capuchín” y se entretenía igual volándolo.

En el área religiosa, lunes, martes y miércoles se hacían los Viacrucis en la iglesia mayor, luego catedral. La gente asistía masivamente, e iban acompañadas de sus hijos. Recuero que iban cantando y deteniéndose a rezar un rosario estación por estación, de las cuales hacían catorce paradas. Recuerdo un fragmento de uno de esos cantos, muy extraño para mí, que decía: “Pequé, pequé Dios, mío, piedad, Señor, piedad. Si grandes son mis culpas, mayor es tu bondad… por tu preciosa sangre, piedad señor piedad…” y la cuestión era como que yo sentía que me presentaban a un Dios que no era de Amor, sino un viejo rabioso e iracundo que castigaba gravemente a sus creyentes.

 

El jueves había lavatorio de pies para algunos ancianos. El viernes era la procesión del Santo Entierro después del Sermón de las Siete Palabras. Recuerdo perfectamente cuando el cura se encaramaba en el púlpito a pronunciar sus discursos y los rostros compungidos de las personas. Al momento del cura subirse a la escalera y desclavar el cristo empezaban los lloriqueos igualitos que si fuera un velorio de algún pariente, y al colocar la escultura dentro del féretro de cristal, las mujeres “caían con ataques”, lo cual me daba mucha risa y mamá me tapaba la boca. Pero era bonito después e todo, luego montaban el féretro en un carro fúnebre de cristal y lo conducían en procesión masiva, de casi todo el pueblo lleno de gente, hasta la iglesia de San Antonio y ahí quedaba. Luego lo llevaban a Santo Domingo Sabio, y en 1960 al Santo Cerro, en medio de los viacrucis populares que en esa época iban al Santo Cerro, por el enfrentamiento Trujillo-Iglesia y recuerdo que fue en medio de una tormenta de lluvias. Igual recuerdo que los viernes Santos, además de la Banda de Música asistía un pelotón del ejército. Además, un grupo de actores populares escenificaba un breve drama en los diferentes viacrucis, disfrazados de soldados romanos y demás personajes que intervinieron en ese proceso.

La resurrección era el sábado y tempranito se hacía una procesión que se bifurcaba y una iba con la virgen María “la Dolorosa” por la Padre Billini, mientras otra iba por la Sánchez con el Cristo resucitado, entonces la de la P. Billini doblaba y escenificaban la escena de encuentro entre madre e hijo en la esquina Sánchez y continuaban unificados ambos grupos. Era cuando sacaban por única vez unos pequeños grupos escultóricos de dos pequeñas estatuas femeninas que llamaban “las mariquitas” y los “santos médicos” Cosme y Damián.

 

A las diez de la mañana con los sirenazos y repique se campana se anunciaba la Resurrección. Y la muchachada tenía todos los tiestos amarrados y salían arrastrándolos con un desorden descomunal por las calles. Igual salían los famosos muñecos rellenos de fuegos artificiales que representaban a Judas y venía el ceremonial de la “quema del Judas” al colgar al muñeco de la rama de un árbol y encender el fuego y desatar el “juidero” con la explosión de los fuegos artificiales. Ahí no concluía todo, sino que a los muchachos que tenían hechos pendientes los esperaban en su casa con la correa, pera el segundo repique de gloria. Pues eran días tan sagrados que el coco de las habichuelas lo guardaban pelado y guayado y la leña astillada para no hacer nada que molestara la solemnidad de esos días santos.